lunes, 3 de febrero de 2014

El tercer riel.

Gervasio Flores está sentado en un banco del andén y observa pasar los trenes mientras fuma su cigarro. La estación aún está vacía, aunque los últimos pasajeros nocturnos están por llegar. Podría pasar así toda noche, sumido en el trance hipnótico que le provocan los trenes. Se oye la sirena que anuncia una nueva llegada. Mira su reloj y le da una larga bocanada a su cigarro. Al pasar, el tren desarma las volutas de humo hasta entonces suspendidas en el aire. Unos pocos pasajeros descienden de los coches. Gervasio observa las luces que se filtran desde el interior de los vagones, que iluminan provisoriamente la noche, escucha el crujiente sonido de las ruedas de metal sobre los rieles y piensa en esos signos como portadores de una belleza insólita en la quietud que lo rodea. Por un instante se siente satisfecho

Su afición a los trenes podría considerarse al menos extraña. Ya que se trata de un fanatismo que oscila entre la adoración y la fobia. Suponiendo que una no excluye a la otra. Incluso podría llegar a ser visto como algo patológico. Algunos lo llamaron "El ferrófilo del Oeste", pero a Gervasio Flores nunca lo inquietaron las habladurías. Ya desde muy chico el ferrocarril suscitó en él una enorme admiración. La fuerza imponente de aquellas enormes locomotoras le resultaba algo desconocido y asombroso. Y de algún modo cuando cumplió diez años y recibió como regalo su primer tren en miniatura para armar, fue como si su destino hubiese quedado prefigurado para el resto de la vida.

Hoy, Gervasio Flores acaba de cumplir treinta años y para celebrarlo, se trajo una botella de whisky escocés que consiguió a buen precio en una licorería del barrio. Apagó el teléfono para evitar los saludos y se vino a contemplar los trenes. Ya lleva seis horas en la estación de Caballito. Primero deambuló por la estación, contempló a los pasajeros anónimos que pasaron junto a él ignorándolo por completo, después se acercó a las vías y observó los rieles con atención, entonces recordó la anécdota de “el tercer riel”, esa que una vez le mencionó un viejo guarda de estación, cuando él era apenas un niño y solía escaparse del colegio para irse a andar en tren.

A veces lo hacía con algunos compañeros que se fugaban junto con él y que al principio encontraban entretenida la inocente travesura. Se subían al Sarmiento con la valiosa excusa de que los estudiantes con guardapolvo no pagaban boleto y se pasaban la tarde yendo de una punta a otra del recorrido. Lo tomaban en Ramos Mejía y se dejaban llevar de Once a Moreno, para luego volver a Ramos. Así, ocupó muchas tardes de su infancia. Mirando pasar la tarde por la ventanilla de un tren, viajando sin sentido alguno. En ocasiones, Gervasio sacaba la cabeza por la ventanilla y experimentaba una sensación parecida a la libertad o a la gloria, se sentía poderoso, como si fuera parte de aquellas imponentes máquinas.

Sin embargo la tarde que el viejo guarda lo regañó por bajar del andén, Gervasio estaba solo. Esa tarde, ninguno de sus compañeros lo había seguido, acusando de aburrida y reiterativa la expedición a los trenes. Fue en la estación de Ituzaingó que Gervasio decidió bajar para comprar una gaseosa, y esperando el tren de regreso vio una reluciente moneda  entre las piedras que rodeaban a los rieles. Observó ambos lados de la vía y no venía ningún tren entonces pegó el salto y se lanzó en busca de aquel tesoro cuando el guarda apareció tocando un silbato y el rostro enfurecido. Gervasio llegó a tomar la moneda y cuando el guarda pidió explicaciones Gervasio extendió la palma de la mano, declarando que era la única moneda que tenía, que se le había caído y no podía perderla: “Si llegás a tocar el tercer riel quedás fulminado en el acto nene, nunca más vuelvas a hacer esa locura”. Sentenció el viejo.

Gervasio Flores bebe de su botella de whisky envuelta en papel de diario y examina los rieles, en busca de ese capaz de fulminarte en el acto con una descarga eléctrica. Pero no lo distingue con claridad y se frota la frente. Ya no recuerda si espera la llegada de alguien en aquel andén y se abandona a la mera contemplación. El timbre de la alarma irrumpe la marea de pensamientos borrosos que experimenta Gervasio, que regresa despacio a aquel banco de cemento en la estación. Los automóviles se detienen en la esquina, detrás de la barrera que comienza a descender y pueden observarse aparecer en el horizonte las luces de la locomotora que avanza, invencible, sobre los rieles.

En su niñez, Gervasio Flores solía viajar en tren hasta la costa atlántica junto a toda su familia, en aquellos años el ferrocarril que salía de Retiro llegaba a la estación portuaria de Quequén y de allí había que tomar un colectivo hasta Necochea. Aquel verano, cuando su abuela le contó que muchos de los pueblos que atravesarían en el camino se habían convertido en pueblos fantasmas, precisamente, porque el tren había dejado de pasar por allí durante muchos años, Gervasio quedó fascinado con la historia. Y pasó la noche en vela, anotando en una libreta los nombres de cada una de aquellas estaciones. El tren atravesó pueblos hundidos en la penumbra de la noche, pequeños poblados perdidos en el medio del campo, de los que solo quedaba un cartel de referencia en cada estación. Finalmente Gervasio se quedó dormido y soñó que algún día volvería a visitarlos. Pero eso fue algo que nunca pudo concretar.

Cuando Gervasio se mudó junto con otros dos amigos a una antigua casa en el barrio de La Paternal tenía dieciocho años y estaba de novio con Andrea, una joven estudiante de diseño de indumentaria de refinada belleza, delantera fatal y buen sentido del humor. Se pasaban las tardes y las noches encerrados en aquella habitación. La casa se ubicaba en un pasaje a metros de la vía del tren y por las noches, cada vez que éste pasaba, podía oírse el estruendo que muchas veces los despertaba, aunque otras veces, en cambio, el sonido que provenía de las vías los hacía fantasear con la idea de irse juntos a pasear en tren, como cuando Gervasio era chico, mientras el estruendo de la locomotora sonaba como si atravesara la habitación.

Después vino la muerte de su padre, arrollado por un tren en la estación del barrio Villa Madero, partido de La Matanza. La pericia fue dudosa y el forense nunca supo determinar si realmente se trató de un accidente involuntario o de un suicidio deliberado. Mas tarde, algunos testimonios informaron que el piloto de la locomotora advirtió un bulto en medio de las vías y ejecutó la bocina en reiteradas oportunidades pero el hombre permaneció inmóvil, a la espera del impacto.

Este hecho marcó la vida de Gervasio Flores para siempre y a partir de este desafortunado episodio, no puede ver, o incluso oír, pasar un tren sin pensar en la muerte. Sin plantearse en las innumerables posibilidades que brinda el suicidio. Una salida drástica entre otras posibles maneras de escaparle a la vida. Y la relación se establece con una potencia reveladora, piensa en la muerte como un tránsito de una realidad a otra. Es simple. El tren como medio de trasporte de ese tránsito entre diferentes destinos. La estación de Villa Madero podría ser un destino, y otro muy diferente podría ser la eternidad. Gervasio no sabe si espera algo concreto porque ya lo olvidó, pero bebe de su botella y espera la llegada de otro tren. Intenta olvidar su aniversario pero lo único que consigue es arrojar luz a las sombras en su memoria.

Ahora Gervasio enciende otro cigarro cerca de las vías y observa los extensos rieles capaces de comunicar una ciudad entera, mira las vías y ya no encuentra señales del porvenir, sino todo lo contrario, algo así como una cuenta regresiva que se aproxima al final con el arribo del último tren. Gervasio asume con osada gracia el desafío de pensar en la eternidad como algo demasiado valioso para que otros puedan comprenderlo. Por eso fuma y espera el último tren de la jornada, ese que pasa a las doce menos cuarto de la noche. Y no hace más nada, aparte de pensar en la puntualidad, o rememorar aquellos viajes de la infancia, cuando sacar la cabeza por la ventanilla del vagón y sentir el golpe del viento sobre la cara era lo más parecido a la libertad y cierra los ojos, porque a lo lejos se pueden ver la luces de la locomotora que avanza a toda marcha y suena la bocina que anuncia su llegada y Gervasio se prepara: está listo para saltar.







miércoles, 21 de agosto de 2013

Cafeomancia

Tengo un sueño recurrente: Viajo en un tren sin pasajeros  y  no tengo conciencia de mi destino final. Dentro del vagón el calor es intenso, insoportable. Asomo la cabeza por la ventanilla: el aire es tibio y las hojas de los árboles, violáceas. De pronto sube una mujer y se sienta delante de mí. Solo puedo verla de espaldas pero creo reconocerla. Cuando me acerco para saludarla veo su rostro y es espantoso. No es quien yo creía, sino una horrible anciana que me mira con ojos negros y comienza a reírse. Tengo miedo. Despierto con un sobresalto, son las ocho de la mañana y me espera una entrevista laboral.

Abro la llave de la ducha. El agua me quema, tardo demasiado en conseguir la temperatura ideal. La sensación de angustia disminuye. El inconsciente es un territorio misterioso que se alivia con un poco de jabón. Pienso en Sofía y en las posibles formas que puede adoptar la locura. Pienso en Sofía y en sus delirios esotéricos, en su afición al tarot, y de pronto, el rostro fantasmal de la horrible anciana, todo se mezcla en mi cabeza. Aquel aprendizaje del horóscopo maya y el azteca, las Runas, y el I Ching coincidieron con nuestro declive amoroso y posterior separación. Cuando la realidad adopta el clima de una conspiración fundada en la magia negra  nada puede ser casual.

Alucino una marea de sospechas, desconfianza y emboscadas. Mientras me visto, contemplo la posibilidad de cancelar la entrevista, pero mis argumentos resultan inverosímiles hasta para mí. Salgo hacia la cita. Al llegar me recibe un hombre de barba candado vestido de negro, traje y corbata que me resulta sospechoso. Me ofrece llenar una planilla que pregunta: nombre, edad, lugar de procedencia, posibles conocidos dentro de la empresa. Mi ataque paranoico me conduce a inventar una nueva identidad. Salgo de la entrevista sin saber bien que hacer. Camino sin un rumbo preciso. Si la llamo a Sofía y le cuento lo que me pasa tal vez se asuste y piense que enloquecí, me recomendaría terapia y esta vez con fundamentos más sólidos que las veces anteriores. O tal vez solo se ría un poco. O tal vez yo podría tomar el coraje y decirle volvé que te extraño y ella no responda y opte por colgar el teléfono. No estoy seguro. Necesito calmarme. Sentarme y pensar.

Entro en un bar. El aroma a café me tranquiliza, sobre las mesas, pequeños fanales con velas rojas, ofrecen un aire de santuario. En una de las mesas del fondo una solitaria anciana con un pañuelo en su cabeza, en otra mesa, una pareja sonríe frente a coloridos licuados. Un espejo reproduce la escena para los transeúntes que observan hacia adentro al pasar por la vereda. Veo un cartel:Cafeomancia, lectura de la borra del café, "consultar aquí". Le pregunto a la camarera y me señala a la anciana del fondo. Tenés que hablar con la gitana, me dice. Veo a la anciana levantar su mirada del libro, como si hubiera oído mi pensamiento, mira hacia mí y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Toda la curiosidad se transforma en adrenalina, algo parecido al miedo. Me acerco, sentate acá hijo. Veo sus ojos negros y recuerdo el sueño. 

Me da las indicaciones: no hace falta tener fe, voy a beber el café de a pequeños sorbos. voy a pensar en eso que no me deja dormir. Le hace una seña al mozo y me traen un pocillo de café de un pálido sabor anisado. Bebo despacio. Al terminarlo le acerco el pocillo. La gitana lo observa en silencio, los minutos parecen eternos y cuando menos lo espero, lo gira de golpe contra el plato. Entonces vuelve a mirarme y me clava sus ojos negros.

Habla de un camino largo y difícil,  pero correcto. Habla de construir algo sólido. Me da buenos presagios a corto plazo. Tenés que confiar más en vos. No comprendo demasiado de qué habla pero dice que tuve suerte en llegar hasta acá y me pide una colaboración a consciencia. Hay que aprender a dar para poder recibir, así es el universo, hijo. Meto la mano en el bolsillo y saco mis últimos veinte pesos.  Alejate de la locura de esa mujer. No me atrevo a preguntarle nada entonces nos despedimos y salgo del bar. Vuelvo a mirar el celular, pero esta vez, busco el nombre de Sofía y lo elimino. Las palabras de la gitana me llevan a comprender que no existe peor conspiración que la que uno mismo puede llegar a procurarse y entre cavilaciones elijo regresar caminando a casa.








martes, 9 de abril de 2013

Los libros


Hoy decidí cambiar mi vida. Y para eso, tengo que ordenar mis libros. Parece mentira pero es imprescindible, hay que empezar por los pequeños detalles. Una biblioteca se parece en mucho a un álbum de fotos. Cada libro que surge entre los estantes es una imagen borrosa en la memoria. Ayer vino Sofía y encontró la casa hecha un quilombo. Pero no dijo nada. Solo me remarcó el desorden de la biblioteca. Acá tenés un desastre. Dijo y agarró Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño. Lo abrió y sin dudar recitó una de las frases subrayadas: Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. La frase le gustó pero me criticó por haber marcado el libro. Estuve trabajando, argumenté en defensa propia. Ella dejó el libro sobre el escritorio y siguió inspeccionando mi departamento, ese territorio abandonado.

El último viaje que hicimos fué al Tigre, un fin de semana largo, hace más de un año. Fué un viaje de solo tres días pero llevé tres libros: El banco en la plaza, de Raúl Gonzalez Tuñón, que leí solo por la mitad. Si me necesitas, llámame de Raymond Carver. Al que abro por instinto y veo que también está marcado: El vacío es el principio de todas las cosas. Sonrío. Pienso que lo mínimo que se puede hacer con una frase así, es subrayarla. El tercero de los libros que llevé fué Los sinsabores... de Bolaño, el mismo que Sofía recitó anoche. El azar me hace creer, que no hay un orden posible para ninguna biblioteca. Sin embargo, agarro esos tres libros y los separo del resto. 

Cuando la conocí, ella llevaba un libro en el bolso. Le pregunté que leía y me mostró: Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar. Ese día hablamos de literatura, pero sobre todo hablamos de libros, de lo que un libro puede significar para una persona. Ella me contó que tenía un fetiche con los de tapa color rosa, me dijo que cuando se cruzaba con uno tenía que leerlo con urgencia y me habló de una autora feminista que yo desconocía por completo. Mientras me contaba la historia repasé una lista mental de todos mis libros y recordé el único de tapa rosa que había en mi biblioteca, Hijo de Satanás de Charles Bukowsky. Lo leíste? Le pregunté, ella me dijo que no. La imaginé desnuda en mi cama, leyendo a Bukowsky y por un segundo, creí estar enamorado.

Agarro Historias de cronopios...  y lo coloco junto a los otros tres libros que llevé al Tigre. El orden se torna aleatorio. Ahora comprendo cuáles son los libros que van a ocupar el primer estante de la biblioteca. No hay exclusividad de géneros, solo un nuevo orden, arbitrario y masoquista. Busco entre el montón los libros que me regaló Sofía. Si bien los libros regalados podrían conformar por si mismos un nuevo catálogo, busco solo los que me regaló ella, son dos: Esto no es una pipa de Michel Foucault y El rayo que no cesa de Miguel Hernández. Mientras los coloco junto a los otros entiendo que no existe otra manera de reunir dos libros tan distintos. Pero los dos están dedicados por ella. Una de las dedicatorias me lleva al poema de la página sesenta y cuatro: Tengo los huesos hechos a las penas/ y a las cavilaciones estas sienes:/ pena que vas, cavilación que vienes/ como el mar de la playa a las arenas.

Un libro reúne todos los estados de la vida: el encuentro, el descubrimiento, el amor, la desconfianza, el miedo, la incertidumbre, el aburrimiento, el desengaño, el odio y por último, el abandono. En definitiva,  leer un libro es como amar una mujer. Por eso necesitamos literatura. Ayer hablé por teléfono con mi amigo Dieguez y le conté que tenía ganas de cambiar mi vida. ¿Y qué pensás hacer? me preguntó. Le dije que había empezado por ordenar la biblioteca. Hubo un silencio. Le pregunté qué le pasaba, me contó que estaba deprimido porque se había peleado con su esposa. Intenté persuadirlo de que eso no era algo tan grave como para deprimirse, hasta que me contó el motivo de la discusión: ella le confesó que no lee novelas porque se aburre. Dijo que no las necesita, ¿entendés?. Repetía Dieguez indignado, del otro lado del teléfono. Sí, te entiendo amigo. Le dije, pero no supe si hablábamos de lo mismo.





domingo, 24 de marzo de 2013

Compro vendo permuto


Hace dos días se acabó el arroz. La cena de ayer, un café con leche . Mientras cenaba pensé en mi abuela que siempre me contaba cuando allá en Italia, después de la guerra, había tanta pobreza que comían puré de papas todos los días. Pensé en la nonna y sus cinco hermanos comiendo puré de papas y yo ni papas tenía. También pensé en Sofía, que no me contestó cuando la llamé. Necesito un trabajo urgente.

La valija con rueditas está impecable. El estuche rígido de guitarra lo usé una vez sola. El reloj de bolsillo, me dá pena, era del abuelo, pero cuesta un huevo así que también se suma al combo. Abuelito perdoname. La campera que "encontré" en casa de mis viejos tampoco importa, tienen muchas. Lo que más me duele, son los tres tomos de Las Mil y Una Noches, edición Aguilar, tapa dura, traducción imperdible, que robé de la biblioteca de mi escuela secundaria. El primer libro que tuve en mi vida fue robado, libro de tres tomos vale por tres libros, un comienzo a lo grande. Pero la miseria reduce todo eso, a un instante, como el de hoy, cuando el panadero casi no acepta mis últimos quince pesos en monedas de diez centavos. ¿Tres sanguchitos de miga, quince pesos? Muchas gracias, y le dejé las quince montañitas de monedas embaladas de a diez y el tipo me miraba por encima de sus lentes con vergüenza ajena. Las monedas le servían, lo que no le servía, al parecer, era que gente como yo existiera. Comí uno y guardé dos para más tarde. A la noche completé con un café con leche. 

Despues de unos días, un llamado de número desconocido, era Sofía. Me dijo que no la llamara más, y yo que necesitaba verla, hablar con ella, que tenía ganas de cocinarle algo rico como en los viejos tiempos  le dije y me arrepentí al instante de esa frase. Aceptó cenar conmigo, apenas sale de la facultad viene para casa, a eso de las diez. Miro la billetera sobre el escritorio y sé muy bien que está vacía. Al lado de la billetera, las boletas de alumbrado, barrido y limpieza sobre las otras cuatro boletas de luz, gas, teléfono y agua. 

Compro Vendo Permuto. Indica esperanzador un cartel en la puerta. En el fondo un tipo lee el diario, ni se inmuta con mi presencia. El lugar, repleto de muebles antiguos, sillones, instrumentos musicales, vasijas, bijouteria barata, todo con un cartelito y un precio, adornos extraños, muñecas de porcelana, relojes, electrodomésticos usados, fotografías en blanco y negro. Todo recubierto por una delgada película de polvo. Entonces escucho: ¿Que tenés ahí? El sujeto me acecha con mirada sigilosa y escruta las cosas que le muestro, cuando ve el reloj del abuelo, solo atina a levantar sus cejas y en un ademán desinteresado lo separa del resto. Ahora mira la valija con un énfasis distinto al de hace unos segundos y me dice: ¿Por ésta cuánto pedís?

La frase, por un instante y de alguna extraña manera significa que todavía existe una chance, que esa cena puede llegar a ser un éxito y que junto a Sofía podría ser feliz. La veo sentada a la mesa, detrás de una copa de vino tinto, prueba un bocado y sonríe. Esta imagen circula por mi cabeza mientras pienso una cifra aproximativa y me cuestiono por no haberlo premeditado, por inexperto, por ingenuo o por pura urgencia, le digo el primer número que viene a mi cabeza: doscientos cincuenta. El tipo se aleja y en el fondo aparece alguien más, un nuevo personaje que hasta entonces aguardaba oculto en las sombras del local, miran la valija, la manosean, abren sus cierres, mueven sus manijas y de pronto parecen ponerse de acuerdo. Ciento ochenta pesos por la valija, el reloj y el estuche me dijo que no le interesaban, que de eso tenía mucho y no vendía nada. Los libros ni los saqué de la mochila y la campera me la puse como si no la hubiera ido a vender. 

Ahora, todo parece ordenarse. Pagar al menos una de las boletas y después pasar por el chino. La satisfacción se reduce a esto, hacer las compras. Un instante efímero en el que los productos no son elegidos por su precio sino por su calidad, o por los colores de sus envases, pero no por estar en oferta. Los veo caer en el canasto, acumularse unos encima de otros. Las pastas frescas, la crema, las verduras, el queso parmesano, el pan casero, dos botellas de buen vino tinto, un chocolate con pasas de uva para el postre. Eso es la felicidad. De pronto todo cobra sentido y creo en la certeza de poder ofrecerle algo distinto, ni mejor, ni peor que antes, algo que quizás no se parezca en nada al progreso pero sea lo suficientemente bueno como para que, esta noche, se quede a dormir conmigo.



lunes, 11 de marzo de 2013

Buena vida


Nunca confíes en una mujer, salvo en tu madre. Perdí la noción del tiempo, pero tuve una buena vida. Tuve, la más preciosa mujer. Pero después me quedé solo y tuve la curda más larga. ¿Te invito una copa, nene?

Lo primero que pienso es: este viejo me quiere levantar. Pero acepto el trago. Está acodado en la barra, sobre la plataforma de madera con la vista perdida en un horizonte de botellas. Tendrá unos sesenta años. Camisa azul a cuadros, pantalón de tela gris. Un fuerte olor a alcohol y vejez, le faltan algunos dientes. Hay, en los pliegues de su rostro, una extraña paciencia. Habla sin mirarme. Pide dos whiskys dobles y brindamos. Por la vida.

Tenes novia, nene? Porque si tenés, desonfiá. Es un pedo melancólico, el viejo extraña y necesita hablar con alguien. Todavía faltan veinte minutos para que llegue Sofía. Los jóvenes ya no piensan en la historia. No les importa. No piensan nada más que en sus comodidades. ¿Vos estudiás nene?. Le contesto que sí. Me interrumpe otra vez. Yo dediqué mi vida al amor, por eso, todavía, estoy acá.

Termino mi trago con un gesto dubitativo. Faltan diez minutos para Sofía, para pedirle perdón, reconocer la cagada y que acepte mis disculpas. Esta vez voy a cambiar, de verdad, hermosa, perdoname.

Hay pactos que se establecen con una mirada. No hace falta nada más. Cuando me dijo que la mató y que estaba arrepentido no tuve más opción que creerle. Pidió más whisky al mozo pero esta vez no acepté. Me estoy yendo, gracias.

¿Alguna vez te traicionaron, nene?. Un silencio inmóvil entre nosotros, los hielos de su vaso tintinean suavemente. Llega Sofía y viene a la barra. Me paro y nos abrazamos. Pero antes de irme me acerco al viejo y le digo: gracias por el trago, jefe.  El viejo me guiña un ojo y dice: Chau nene, que tengas buena vida.